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SUEÑO DE UNA NOCHE TROPICAL

Marie Rojas Tamayo

Cuba



Soñé que había un ángel en la cabecera de mi cama - dijo para sí Alicia, sacudiéndose a duras penas el cansancio.

 - No empieces otra vez con tus bobadas - respondió el esposo desde el extremo derecho de la cama -, despabílate, trae la escoba y el recogedor, que volvió a descoserse otra vez esta porquería de almohada.

 - Con sus alas me abanicaba, para que el calor de la noche no enturbiara mi descanso - continúa ella recordando, tratando de atraer hacia el recogedor las plumas que se escapan indóciles de los golpes del escobillón.

 - ¡Saca, saca! Tan inútil como siempre, mejor lo hago yo. Hoy mismo me estoy comprando una almohada de espuma de goma, está bueno ya de recostar la cabeza en este vejestorio que no para de botar el relleno, todo porque era de tu madre - le arrebata los instrumentos y la mira con desprecio -. Dale a ver si ya tu hija se despertó, si no, cuela un poco de café, que me están esperando en el parque para el dominó.

 - Con su presencia ahuyentaba a los demonios, a las sombras, a los malos recuerdos, para que no trajeran pesadillas a mi sueño - le trae ella la taza humeante mientras no cesa en su monólogo, como si se negara a reconocer que está despierta.

 - Cada día estás más zonza - bebe él sorbo tras sorbo -. Para la perorata, ni que me interesara lo que soñaste, sabe Dios si te lo estás inventando... No te puedes estar callada. Anda, ya que la niña sigue durmiendo, plánchame la camisa, me voy a dar un baño cuando recoja estos plumajos, que esta vez no van sino para la basura.

 - Su sonrisa iluminaba la noche, me inundaba de una extraña paz, se llevaba mi agotamiento... - la plancha emite extraños silbidos al tocar el cuello de algodón, humedecido por la mano que porta un paño húmedo.

 - ¿Vas a cerrar el pico o tengo que hacerte callar, como la última vez? Malditas plumas, se han metido también debajo de la cama - se agacha empuñando la escoba para llegar a esa zona donde el brazo no alcanza.

 - Antes de partir me dijo - susurra ella, tan sumida en su mundo que ya no siente temor a las amenazas de afuera, mientras coloca la camisa en una percha - que Dios está conmigo siempre, aunque no lo vea.

 El hombre se levanta, asiendo el mango de madera con fuerza, lo alza para abatirlo sobre la espalda de la esposa, cuando un brillo que ve desprenderse de la escoba lo obliga a agacharse para atrapar a la última rebelde. Al hacerlo, su rostro va pasando de la furia al estupor, porque en sus manos, increíblemente leve, inconfundible en su blancura, ase una pluma que no cabría en ninguna almohada.

Este artículo tiene © del autor.

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