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HOLANDA: PAISAJE DE CIELOS

Valentín Justel Tejedor

España



Una línea de horizonte extremadamente baja en el paisaje holandés deja paso a una atmósfera salpicada de tormentosas o serenas masas nubosas.

Las primeras impregnan la aguanosa superficie de un cierto tenebrismo caravaggesco, mientras que las segundas parecen resaltar el colorismo de Tiziano o Veronés.

Todo ello configura una inimitable estampa bucólica en la que el agua elemento omnipresente en canales, ríos, y mares dulces o salados, contagia su poder vital inundando la vasta llanura de una monocromía verde estival.

Pero en estos polders no sólo existe uniformidad cromática, pues la policromía se desata en los fríos otoños repartiendo pinceladas de tonos amarillentos, marrones, naranjas, y hasta rojos encendidos, junto con un intenso aroma liento, que se respira en los numerosos bosques de grandes árboles caducifolios, en los que las telas de araña con la llegada del rocío evocan encajes imposibles.

Así, junto a estos bosques discurren las aguas de numerosos canales, jalonados de majestuosos molinos que observados desde una baja perspectiva resaltan su bella silueta entre un cielo negruzco y tormentoso, mientras parecen saludar con sus brazos extendidos, a los veleros que iluminan de perspicuidad la laguna con sus anacaradas velas; barcos que navegan dejando tras de si, una estela de fragor y fulgor que contagia a las verdes riberas que absorben la humedad extrema convirtiéndola en manifestaciones florales que describen formas simétricas y asimétricas, paralelas e infinitas de colores intensos, que nos anuncian la llegada de la primavera y el ocaso del otoño.

La naturaleza se muestra esplendorosa y exalta su amplio espectro cromático creando ténues claroscuros, reflejos acuosos y luminiscentes y atardeceres entre nubes de tormenta que precipitan su agua pluvial en forma de constantes aguaceros, chubascos o lloviznas, que lo envuelven todo en una invisible, pero perceptible atmósfera delicuescente.

Este artículo tiene © del autor.

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