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UN DIA ULTRAMARINO

Ray Respall Rojas

CUBA



Todo comenzó con la ausencia del profesor de Historia, lo que provocó que tuviéramos dos horas libres en el preuniversitario, así que decidí ir con un grupo de amigos al Acuario. Reunimos entre todos dinero para pagar la entrada y marchamos al lugar planeado, con la esperanza de pasar un rato de entretenimiento.

Al entrar, una muchacha nos entregó unos papelitos rasgados a mano que decían, de su puño y letra, el dinero que pagamos por la entrada. Esos papelitos, convertidos en bolitas, nos sirvieron para darle de comer a unos pelícanos que se encontraban en medio de un islote artificial que flotaba en medio de una piscina llena de caguamas.

Dos del grupo decidieron ir a comprar alimentos en una lejana cafetería de donde veíamos regresar personas portando jugo de mango y caramelos. Yo me quedé tratando de ver al delfín y acompañando al amigo restante, que insistía en ir a tomar agua en un restaurante cuya puerta ostentaba una enorme turba de mujeres y niños menores de tres años llorando por el calor del mediodía. Logramos pasar por entre la gente, pero al pedir muy amablemente un poco de agua, nos sacaron de allí entre gritos y ofensas, solo porque estabamos en uniforme. Suerte que más adelante nos tocaba Educación Física y llevábamos ropa de civiles; nos cambiamos en el baño lateral de la cafetería en cinco minutos y volvimos a entrar.

Esta vez nos trataron muy bien - se hicieron los que no nos reconocían o son amnésicos - y nos dijeron que atrás había una pila en donde podríamos saciar nuestra sed. Logre ver en el menú de una mesa "Oferta especial:  ración de mariquitas, un peso". Logré convencer a mi sediento amigo de no desperdiciar tan suculenta oferta en moneda nacional.

-         ¿Una ración de mariquitas? - dijo el mesero sonriendo - Bien, siéntense y enseguida se la llevaremos.

-         Es para llevar - aclaré devolviéndole la sonrisa.

-         De todos modos tienen que sentarse.

-         Pero... ¡si todas las mesas están llenas! - dije contrariado.

-         Deben estar sentados para poder recibir comida, aunque sea para llevar - respondió con cara solemne el camarero señalando la hilera de niños llorosos y madres agotadas -. Además, ¿ven esa cola? Todos ellos están esperando para entrar y pedir la oferta especial.

Decidí no comer la "Oferta Especial" e ir donde nos dijeron que estaba la pila de agua. Cuando la encontramos, tenía conectada una manguera. Le sugerí a mi amigo aguantar la sed, para no buscarnos más problemas, pero él estaba peor que en el desierto... desconectó la manguera y tragó con fuerza y a toda velocidad unos dos litros del preciado líquido. Al momento sentimos un grito: "¿Quién quitó el agua de los peces?" seguido por el sonido de mi amigo al devolver lo que con tanta ansiedad había tragado sin detenerse a probar. Corrimos en busca de el resto de nuestros camaradas para hacer un toque de retirada. En el trayecto vimos que el agua ya fluía con normalidad en el estanque del tiburón gato.

Encontramos a uno dentro del baño lanzando estrepitosos alaridos, demasiado refresco de mango; decidimos respetar su intimidad. El que faltaba estaba llorando y golpeándose  la cabeza contra los muros, notamos que no tenía la tan deseada jaba de caramelos. Poco después pude entender lo que balbuceaba en sus sollozos: "Los papeles que tan alegremente se comieron los pelícanos se debían entregar para poder comprar los caramelos".

Demasiadas emociones en solo dos horas, así que decidí irme a mi casa, luego de eso no iba a poder dar clases. Cuando me iba, me pareció ver a un grupo de empleados dándole primeros auxilios a los pelícanos.  

Este artículo tiene © del autor.

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