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Violencia en Argentina (X): La cultura de la duda

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Las denuncias de Béliz profundizaron un tajo entre la sociedad y el Gobierno, por más que éste procure matizar y hablar de otras cosas. Los ardides de Kirchner para desenfocar el tema no funcionan. La sociedad en general le cree a Béliz, aunque más no sea porque desconfía de la SIDE, y porque sabe que en países más desarrollados, como los Estados Unidos, la CIA es un reservorio de intrigas palaciegas y luchas políticas que no vaciló en fraguar informes para que George W. Bush invadiera Irak. ¿Qué puede esperarse de nuestra agencia vernácula, que no sólo año tras año incrementa su haber sin que la sociedad pueda saber en qué gasta el dinero, sino que, además, fue explícitamente acusada de haber participado en el atentado a la AMIA y de haber pagado las coimas en el Senado durante la presidencia de De la Rúa?

La cultura de la duda

Las denuncias de Béliz profundizaron un tajo entre la sociedad y el Gobierno, por más que éste procure matizar y hablar de otras cosas. Los ardides de Kirchner para desenfocar el tema no funcionan. La sociedad en general le cree a Béliz, aunque más no sea porque desconfía de la SIDE, y porque sabe que en países más desarrollados, como los Estados Unidos, la CIA es un reservorio de intrigas palaciegas y luchas políticas que no vaciló en fraguar informes para que George W. Bush invadiera Irak. ¿Qué puede esperarse de nuestra agencia vernácula, que no sólo año tras año incrementa su haber sin que la sociedad pueda saber en qué gasta el dinero, sino que, además, fue explícitamente acusada de haber participado en el atentado a la AMIA y de haber pagado las coimas en el Senado durante la presidencia de De la Rúa?

Luego de su paso por tribunales el arrepentido Pontaquarto ha vuelto a arrepentirse. La Justicia no funciona. ¿Acaso la SIDE funciona como corresponde? Daría la impresión de que no, a juzgar por las filmaciones no autorizadas que realizó de una manifestación de piqueteros en Plaza de Mayo. La Ley nacional 25.520 establece en su artículo 4º que «ningún organismo de inteligencia podrá obtener información, producir inteligencia o almacenar datos sobre personas» por pertenecer a grupos u organizaciones partidarias, sociales o comunitarias, salvo que tenga una autorización del juez. Las «razones de contrainligencia» (La Nación, 15/08/04, p. 9) argumentadas por Hugo Gándara, director de Asuntos Jurídicos de la SIDE, no convencen.

Un avestruz por allí

Kirchner habló de 45 casetes con las escuchas en el caso AMIA, y es lo que repitió a la prensa Abraham Kaul, presidente de la mutual judía. Recién veinticuatro horas después el Gobierno sugirió que Kaul se equivocó; en rigor, que «escuchó mal» lo que dijo Kirchner. Pero Kaul, citado por el juez, ratificó sus palabras. El gobierno entonces se desdijo, y adujo «un error» de información. «Todos sabemos que la SIDE no es un grupo homogéneo», sostuvo Jacobo Kovadloff, consultor para asuntos latinoamericanos del Comité Judío Americano. Y no descartó que se haya tratado de una “operación” contra Kirchner (La Nación, 22/07/04, p. 12). Ante la duda sólo restaba escuchar a los demás que estuvieron presentes en la reunión. El traductor de la Cancillería, Walter Kerr, ratificó ante el juez Claudio Bonadío que se habló de «casetes», y no de «constancias de casetes» (La Nación, 27/07/04, p. 11). El dato es lo suficientemente importante como para prestarle atención.

Borges urdía una estrategia impecable para hacer pasar por verosímil lo falso. Apelaba a un hecho o elemento por todos conocido (en general, la Enciclopedia Británica), citaba algo relacionado con él, y luego agregaba el dato inventado. El lector, que conoce los primeros datos, da por sentado que los segundos y terceros también lo son. De esta manera el lector ingresa en el terreno de lo fantástico de la mejor las maneras posibles: de la mano de lo real. Borges sabía que el inconsciente tiende a tomar por cierta una totalidad, aunque sea falsa, cuando una ínfima parte de ella se evidencia como cierta. Así, una parte legitima al todo. Desde este punto de vista el affaire (ya que no fue malentendido) de los casetes, permite una lectura similar del problema: si se ha demostrado, contra lo que sostenía el Gobierno, que efectivamente se habló de casetes, la credibilidad queda del lado de Kaul, en desmedro de Kichner. Y, como el informe surgió de la SIDE, es ésta, en definitiva, quien queda señalada por la suspicacia.

Podría argumentarse que Borges utilizaba una estrategia válida solamente en el campo de la ficción, pero eso sería constreñir una forma de conocimiento a un terreno exiguo, cuando en realidad puede ser, o directamente es, una metáfora. La única forma de saber si las denuncias de Béliz son falsas es investigando. La mente humana funciona más allá de lo literario, y tiende a desconfiar de actitudes como la de defender a ultranza a funcionarios, actos o estructuras del Estado cuando es vox populi que el problema es otro. Que el Gobierno salga a defender a la SIDE luego de los casetes es sospechoso. Que lo siga haciendo después de las denuncias de Béliz es inquietante, máxime cuando Béliz está pagando un yerro que no cometió: fue echado por seguir las órdenes emanadas directamente del Gobierno, en un contexto en que Kirchner insiste en negar sus propios errores en materia de seguridad. Kirchner está en su derecho de seguir imitando al avestruz, pero no puede pedirle a la sociedad que lo acompañe. Tampoco exigirle que le crea.

Talón de Aquiles

El Gobierno decidió un cambio de nombres en el gabinete, y eventualmente de política, no por la presión de la ciudadanía, sino porque el índice de popularidad comenzó a bajar a partir de los hechos de violencia y de la incapacidad del Estado por resolverla. El coqueteo del Gobierno con D’Elía (que luego de apoyarlo a Hugo Chávez en Venezuela volvió a aparecer para el acto por Evita el 26/07) no contribuye a desbrozar la paja del trigo, sino que, por el contrario, incrementa el desorden. Este tipo de actitudes en los presidentes argentinos señalan su debilidad. La demagogia del discurso fácil, la tilinguería farandulesca, el romanticismo de los setenta (falsamente expurgados de su lado más siniestro, la matanza indiscriminada a manos del peronismo y ERP), la defensa ciega de lo criticado, sin que medie una elemental duda, hacen pensar en una estructura que aún no ha sido debidamente apuntalada.

Un problema de los presidentes argentinos es la construcción de un círculo de poder priorizando la amistad antes que la capacidad. Ocurrió con Alfonsín (la “coordinadora”, los sombríos Stubrin, Nosiglia, Moreau), Menem (con Gostanian, Kohan, Corach), De la Rúa (con sus hijos y el grupo “Sushi”). Ahora con Kirchner, con sus amigos patagónicos dentro y fuera de la SIDE, y un concepto de poder por lo menos curioso, ya que ni siquiera debate con su propio partido. Es cierto que una investidura así exige una confianza absoluta en los subalternos, pero no es menos cierto que debe considerarse la idoneidad para el cargo y la descentralización del poder, so pena de seguir cometiendo los mismos errores.

La incapacidad de los amigos que Reutemann ubicó en puestos claves del Gobierno posibilitó que el desastre de la inundación de Santa Fe de 2003 se incrementara. De no haber sido por las maestras, que ocuparon el lugar de las asistentes sociales y los funcionarios, habría habido más muertos. No es la primera vez que la sociedad se enfrenta con gobernantes ciegos, sordos y mudos ante una realidad que los supera. En la sociedad faltan respuestas y sobran preguntas. En el Gobierno en cambio sólo hay certezas, al punto que se cambian funcionarios por el sólo hecho de no reconocer, el Presidente, que la inseguridad lo tiene por principal responsable.

Dudo, luego gobierno

Hubo dos motivos para no llevar a Béliz a tribunales: primero, se evita darle más espacio para que continúe con sus denuncias; segundo, jurídicamente Béliz no cometió delito al mostrar en cámara la foto del hombre fuerte de la SIDE, Antonio “Jaime” Stiusso. Se trata de un espía de fama internacional que hace inteligencia desde hace 31 años (entre otros oficios, como filmar en las penumbras de Spartacus el video que volvió famoso al juez Oyarbide). Superviviente de los sucesivos acomodamientos internos del Servicio, y a las pugnas por el poder, el ingeniero electrónico se convirtió en alguien temido y envidiado a un tiempo. Es el contacto habitual de la CIA y el Mossad cuando tratan con la SIDE, y fue quien en la causa de la AMIA acusó al juez Galeano y a parte de la SIDE de haber pagado a Carlos Telleldín para que involucrara a la bonaerense. Genera un temor comprensible: el único medio nacional que publicó su fotografía, luego de que Béliz la enseñara en cámara, fue la revista Veintitrés del 30/07/04.

El tema no es, sin embargo, Stiusso, sino el manto de sombra que Béliz arrojó sobre la SIDE, oscureciendo un poco más un ámbito de por sí tenebroso. En realidad así debe ser, tratándose de un servicio de inteligencia: nadie puede hacer inteligencia a cara descubierta. Pero al mismo tiempo hay razones que permiten sospechar que Béliz y Jacobo Kovadloff están en lo cierto. La seguridad del Gobierno es lo que preocupa. Esa certeza intranquiliza. Una cosa es el espionaje, en donde la duda es un yerro que se puede pagar con la vida. Otra cosa es gobernar, en donde la duda, salvo ocasiones, es una virtud. No se trata tampoco de la duda perenne, que anula toda acción, sino de la duda movilizadora. Una duda que permita descubrir la cuota de verdad en el opositor, y que permita, así, el mejoramiento del Gobierno y de la sociedad en su conjunto.

Juan Luis Cebrián hace notar la importancia de la cultura o la democracia de la duda, «porque parte de la base de que el mundo se edifica sobre preguntas y no principalmente sobre respuestas, y de que en el derecho a discrepar reside, precisamente, la base de la difusión del poder, condición indispensable para toda convivencia en libertad» (El fundamentalismo democrático. Taurus, 2004. p. 105). La duda es democrática, la certeza reaccionaria. La duda permite el crecimiento constante, y la certeza sólo apunta a la cerrazón del entendimiento, al considerarse que la verdad es una y sólo una, y descansa, pasiva, en el Gobierno. La certeza, en definitiva, es fundamentalista: los gobiernos totalitarios no dudan. El verticalismo supone una convicción, un dogma del cual bajan las consignas. Se acata, no se pregunta ni se discute. Se ordena y se espera que las órdenes sean cumplidas. La desobediencia se paga con el puesto. Esto es ejercer el poder, pero es también renegar del mecanismo de la democracia: la conciliación, el debate, la consideración del otro como parte de un sistema y no como un enemigo al que hay que destruir.

Isidoro Blaisten señala que «gobernar es escuchar, es ordenar y contemplar las distintas opiniones» (El mejor gobierno es el que no se nota, entrevista de Antonio Requeni. La Nación, 14/08/04, p. 14). La democracia se sustenta y construye desde la duda, no desde la soberbia de la certeza. Pero Kirchner y su grupo (como antes Menem, De la Rúa y Duhalde) todavía no lo han aprendido.

Santo Tomé, julio/ agosto de 2004.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, Argentina, el 27/08/04). Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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