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Selección de cuentos (II)

Alfredo Di Bernardo

Argentina



ARTISTA FRENTE AL MAR

 Lenta, muy lentamente, el hombre se fue acercando hacia el borde del acantilado. La mujer sentada en las rocas lo contempló con atención desde el fondo de un silencio profundo y expectante. Observó su respiración agitada, su barba naciente, sus cabellos descuidados, su camisa clara maltratada por el viento. Había algo en él -cierta actitud de entrega a lo absoluto, la expresión desolada de sus ojos- que lo tornaba, al mismo tiempo, majestuoso e indefenso. La mujer reparó también en la firmeza con que cerraba una de sus manos y entrevió la causa, adivinó en ella la presencia de la pequeña joya en la que -según contaban en el pueblo- el hombre había estado trabajando con obsesivo fervor durante los últimos meses.

 Fue entonces que tuvo el presentimiento. Nada extraordinario estaba sucediendo, pero ella supo que algo inquietante se cernía sobre la momentánea quietud de la escena. Bajo las nubes grises e hinchadas que parecían aplastar al mundo, el olor penetrante del mar fue de pronto un presagio, y el viento un emisario del desconsuelo.

 Sin atreverse a intervenir, comprendiendo que no estaba autorizada a modificar un acontecimiento que intuía irreversible, un rito que parecía establecido desde muchos siglos antes, la mujer siguió los sucesos con ojos fascinados: el torso del hombre y su brazo derecho arqueándose hacia atrás, la tensión extrema del cuerpo, el feroz impulso hacia adelante, la maniobra de los dedos al abrirse en un gesto irrevocable.

 No tuvo tiempo siquiera de abrir la boca para intentar un grito. La joya dibujó una parábola desesperanzada, refulgió contra el cielo por única vez -ella pudo vislumbrar su hermosura perfecta segundos antes del final- y cayó para siempre en una indiferencia infinita de sal y de espuma.

 Hubo en la mujer un reflejo efímero de angustia; luego una mudez de asombro y espanto. En lo alto, un viento triste azotaba los rostros. Abajo, heladas, las olas se suicidaban furiosas contra la barranca.

 - ¿Qué vas a hacer ahora?- se animó después a preguntarle, con un susurro quedo que fue casi una plegaria.

 El hombre no desvió sus ojos hacia ella. Con la mirada vacía, perdida en algún punto indescifrable del océano, dejó pasar unos segundos antes de dar, con voz cansada, la respuesta que ella ya sabía:

 - Lo de siempre. Empezar de nuevo.

 

EL HOMBRE DEL VALS

 Imprevistamente, el hombre que ocupa la mesa que da al ventanal se ha puesto a silbar la melodía dulzona de un vals de Strauss, confiriéndole al jueves una fisonomía singular, rayana en lo grotesco. Mientras el silbido recorre el salón con apacible fluidez, disolviendo la habitual monotonía de las tardes en el antiguo café, el solitario autor de esta ruptura permanece absorto, mirando la calle a través de los cristales manchados, sin advertir que los otros parroquianos se han confabulado tácitamente para crear un silencio profundo y burlón que ponga aún más en evidencia su insólita conducta.

 Al cabo de unos minutos, el concierto llega a su término y el acorde final deja latente en el aire una tenue sensación de ausencia. Con absoluta naturalidad, el hombre bebe un último trago de café, deja un billete sobre la mesa y se pone de pie. Ensimismado, con aire de estar resolviendo íntimas y complejas ecuaciones, camina callado unos metros, esquiva tres sillas mal ubicadas y detiene su marcha frente al viejo del mostrador. "La realidad no es tan simple como parece", afirma de pronto, con filosófica contundencia, sin hablarle a nadie en particular. Poco le importa la expresión distraída del viejo, poco le importan las sonrisas cáusticas de aquellos que lo escuchan, divertidos, a sus espaldas. Habitante único de un mundo que parece terminar en los bordes mismos de su mente, se limita a disertar para sí mismo, como si los otros no existieran. "En el mundo viven cinco mil millones de personas", sigue diciendo, con voz serena y firme. "¿Por qué no pensar que en este mismo momento una de esas personas acaba de silbar el mismo vals que yo silbé? Tal vez esté escrito desde siempre que los dos hagamos las mismas cosas al mismo tiempo, minuto tras minuto, segundo tras segundo. Pero él y yo vivimos a kilómetros de distancia y nunca podremos comprobar si nuestras sospechas son fundadas".

 El viejo lo mira ahora con una atención piadosa; el resto ya no logra disimular la risa. Ajeno por completo a las reacciones que provocan sus palabras, el hombre del vals se acomoda el saco con un suave movimiento de hombros, da unos pasos cansados hacia la puerta y se deja devorar por la calle, por la alienada agitación de una ciudad incapaz de entenderlo.

 Los otros, los que se quedan, comentan el episodio y se ríen sonoramente del loco. Amparados en una lógica arbitraria que jamás atinarán a cuestionar, no pueden siquiera imaginar que, en este mismo momento y en un lugar muy remoto, otra gente se ríe de un loco con las mismas carcajadas mordaces e ignorantes.

 

 EL CAZADOR

 Indiferentes a la nieve que se desploma sin cesar más allá de las ventanas, los cazadores celebran el ritual de cada anochecer en la taberna del pueblo. Al amparo de esa rutina viril y cómplice de whisky y tabaco, se acaloran hablando animadamente de mujeres, trampas y licores, pero -él lo sabe- en pocos minutos retornarán, como siempre, al tema que ha desvelado a los lugareños desde tiempos inmemoriales: saber si la presa que buscan en verdad existe, o si es sólo una leyenda.

 "Dicen que tiene la mirada verde", acotará alguno de ellos, enunciando sin saberlo una sospecha alimentada por todos sus ancestros. "Dicen que su hermosura es extraordinaria", agregar otro, y volverá a soñar despierto con el día en que pueda comprobarlo. "Dicen que hay un único ejemplar en todo el mundo", ilustrará un tercero, y refrendar bravíamente ante el resto el desafío de encontrarlo. "Dicen que verla es como comprender el infinito", insistirá otro, y entornará ambicioso sus ojos, imaginando la proeza. Escudado en su parquedad habitual, él los escuchará como lo ha hecho tantas veces, y no podrá ni querrá evitar que sus pensamientos vuelen ansiosos hacia el mágico esplendor del secreto que guarda en su cabaña. Los otros, sin embargo, abstraídos en su eterno torneo de argumentos, no advertirán su callada excitación, su vuelo inmóvil.

 Una carcajada ebria estalla en la mesa de los cazadores, como un trueno escandaloso y procaz. Semejando ecos, otras risas menores la suceden y secundan. Luego, se van desvaneciendo, hasta que sólo queda resonando en el ambiente la música alegre que emite la máquina de discos, matizada por el tintineo nervioso de vasos y botellas.

 "Dicen que es suave y pequeña", arriesga de pronto uno de los cazadores, y la ronda de suposiciones comienza, en efecto, a girar. Él permanece inmutable; guarda prudente silencio y oculta orgulloso en un trago una imperceptible sonrisa de indulgencia. Llama a la camarera, paga sus whiskies, se pone de pie y se enfunda en su abrigo. "Dicen que de noche se esconde en las montañas", lo interpela uno de los hombres, pretendiendo involucrarlo en la conversación. Él se encoge de hombros y manifiesta una fingida ignorancia. "Dicen que anda entre nosotros y que no sabemos verla", contesta, evasivo, y se refugia otra vez en el silencio. El otro, desilusionado, farfulla algo incomprensible y ahoga su disconformidad en un trago de whisky. Él se hunde la gorra de lana hasta las cejas, saluda a los parroquianos, y sale.

 Atraviesa la nieve acumulada en las veredas, trepa a la camioneta y se pone en marcha, silbando entre dientes una antigua melodía. El camino hacia la cabaña no es largo. Sólo cinco minutos lo separan de esa mirada verde, cargada de infinito, que -como todas las noches desde el último diciembre- aguarda su llegada.

 

SOBRE CIERTO ARTE

 Todas las noches, un hombre miope sale al patio de su casa y mira hacia el cielo estrellado. La debilidad innata de sus ojos le impide percibir con nitidez el paisaje majestuoso que se extiende sobre él. No obstante, en aquellos débiles fulgores apenas vislumbrados alcanza a intuir la mágica esencia de algún secreto cósmico, y eso lo hace feliz.

 Al día siguiente, todavía conmovido por los fragmentos de eternidad que ha logrado capturar, resuelve compartir sus modestos hallazgos con todo aquel que quiera escucharlo. Pero apenas abre la boca frente a algún interesado, descubre con tristeza que, por más que se esfuerce, no acierta a encontrar las frases apropiadas, ni puede tampoco dejar de tartamudear. De su garganta sólo surge, entonces, un parlotear confuso, compuesto de palabras incoherentes, fatalmente imprecisas. Su discurso termina siendo sólo un pálido reflejo de otro palido reflejo.

 El frustrante proceso se reitera día a día.

 Y sin embargo -he aquí el auténtico misterio- hay gente que al ver pasar al miope tartamudo lo mira con admiración y comenta con gratitud: "ese hombre me ha enseñado lo que son las estrellas".

Este artículo tiene © del autor.

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